
Al principio fue la palabra
Con la que se vistió la música…
La música de la Iglesia ortodoxa oriental expresa los movimientos emocionales del corazón, es decir atrición, pena divina, pero también elogio, alabanza, gratitud, entusiasmo santo.
Su carácter es litúrgico, ritual, de elevación, o sea de la carne al espíritu. Su propósito no es acompañar las palabras (para satisfacer el oído de la audiencia), sino darle énfasis. Por esta razón, se instituyó y se difundió con el paso de los siglos como música monofónica de forma que, a través de la misma y la "inspiración divina", se dé a conocer la palabra de Dios de la mejor forma.
Por lo tanto, a través de sus ejecutantes, ayuda a la adoración. Cuando por supuesto la sirven y la presentan salmistas con buena voz y bien formados, la música eclesiástica ortodoxa no sólo no es aburrida, sino que dispone, más allá de la religiosidad, de inalcanzable magnificencia. Es obvio por consiguiente que nuestra misma tradición eclesiástica griega-ortodoxa es una versificación y musicalización perpetua, un elogio incesante, un "sonido puro de los celebrantes", una manera viva que aplica con consistencia el mandamiento que "todo aliento elogie al Señor".
La música bizantina es la música del alma. Si alguien no puede concebir cómo tal música adorna y enriquece con un sentimiento divino las palabras maravillosas de los himnos, entonces no puede sentir de forma profunda ni siquiera el sentido de las palabras. Puesto que las palabras y la salmodia, como sabiamente refiere Fotis Kontoglou, están unidas como el cuerpo y el alma, como la forma y el color en un cuadro.
La música bizantina expresa "lo más honesto" de la religión cristiana, la delicia de la pena del alma, es decir aquella fragancia espiritual, a la cual se aproximan sólo los sentidos espirituales que sienten los que participan en la experiencia eclesiástica. Constituye una sabia creación de muchos siglos, una canción divina que aún ahora, en una época ampliamente caracterizada como prosaica y materialista, emociona y conduce a las almas de los hombres hacia la devoción divina.
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